Veo una recepción de un hotel. Los colores de las columnas que acompañan el pasillo del hall son de mármol negro y el suelo, también de mármol, es tan brillante que puedes pintarte los labios mirándote en él. Hay una recepción importante, con altos cargos…Abundan las chaquetas y las bufandas de rayas; así como los fulares para señora, siempre en colores crudos con la intención de no constituir la innecesaria nota de color en un evento tan serio. Las mujeres son las mujeres de los hombres. No tienen un papel determinado y no se conocen entre sí. Sólo se miran las unas a las otras, sin decir nada, ni siquiera a sus maridos. Evalúan cada aspecto de la otra y no tanto para auto convencerse de su clase, ni para devaluar a su contraria, sino más bien para aprender. Es como si cada una de ellas se hubiera dado cuenta que no tiene demasiado sentido pensar mal de una apariencia ajena si no tienes a nadie con quien criticarla. Y sus maridos no están por la labor.
Lo único que pueden hacer, por tanto, es cuidar de que el traje quede perfecto, que la falda de talle alto no sobrepase el botón de la americana o que no se vea la parte arrugada de esa camisa que se convierte en un buruño de seda invisible cuando se entierra tras la falda. Pero el hecho de que sólo se ocupen de ello no les hace sentirse superficiales, ni simples…todo lo contrario, se sienten guapas y precisas. Es justamente ese cuidado por su apariencia, por la elegancia y la sobriedad lo que las mantiene cuerdas. Sin saber por qué cada una entiende a la otra mientras asienten con la cabeza cuando sus maridos bromean. En un ejercicio de impresionante audacia, son capaces de reír y estar pendientes de humedecer usualmente la boca para que no se quede la marca del pintalabios en los dientes al parar de sonreír.
Una de las azafatas pasa repartiendo champaña y el pañuelo que llevaba al cuello cae. Una de las señoras se agacha doblando levemente las rodillas, coge el pañuelo y lo mira. Con suavidad y una amplia sonrisa le dice que le encanta el pañuelo y, cuando se lo va a enrollar de nuevo en el cuello a la azafata, la cual tiene la bandeja en las manos, ésta se aparta, sonríe y dice: “Se lo doy”. Cuando la azafata se aleja, la mujer queda con el pañuelo de satén rojo en la mano, lo frota contra su mano para sentir el tacto y se lo coloca en el cuello. Es consciente de que está prohibido; que aquél rojo, en esa tesitura, resulta extravagante e incluso inapropiado; pero es suave, refinado y señero. Lo toca orgullosa y siente su lisura otra vez. Es de Carolina Herrera.





