Grandes mujeres, grandes ocasiones

18 11 2008
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A la izquierda, la Reina Isabel II durante un discurso en los 60 y a la derecha Carla Bruni, durante su visita a Inglaterra

Tan sólo existe una definición con la que referirnos al nuevo paradigma de la moda europea que no es otra que Doña Carla Bruni: Camaleónica. Ya sabíamos que no tiene ni un pelo de tonta: no sólo se trae de calle al hombre más poderoso de Francia y casi de Europa y por defecto del mundo, sino que además muda su piel según la ocasión. ¿Recordáis la visita que los cónyuges de la creme de la creme hicieron a Su Majestad, la reina de Inglaterra? Yo lo recuerdo muy bien: ella iba con un vestido gris por debajo de la rodillla ceñido a la cintura con una cinturón negro de cuero, a juego con sus zapatos planos de piel. Un ejemplo de sencillez, valga el tópico.

Pues no se crean que la Bruni se levantó ese día modosita ni mucho menos, todo su vestuario, desde la combinación de colores hasta el mismísimo cabello a medio recoger y perfectamente alisado, fue objeto de una minuciosa investigación cuyo objetivo era causar buena impresión a la Reina del Gran Reino. Y le salió redondo, pues la vedette no sólo consiguió estimular al 99% de invitados masculinos del evento (” ¿Que por qué estoy aquí? sinceramente para ver a la mujer del presidente francés”, entonó graciosamente Mike Thorpe, un exitoso físico inglés mientras su mujer se ponía colorada), sino que encandiló también a la Reina, que la felicitó por su atuendo y le espetó que le recordaba a “los trajes que vestía en su juventud”.

Grandes mujeres y grandes ocasiones: para mítico, el día en que a Doña Sofía no se le ocurrió otra cosa que plantarse la tiara de joyas preciosas de origen griego heredada de sus tiempo de su bisabuela Catalina la Grande. Como seguramente no recordaremos, Doña Sofía fue explusada de Grecia a causa de la invasión alemana durante la segunda Guerra Mundial junto a toda su familia y se mudo a Ciudad del Cabo. Pues bien fue en una visita oficial del mandatario de Grecia y su mujer cuando la Consorte portó las joyas originarias de la corona griega, dando así un destello en los ojos a los que ocupan el lugar que le fue arrebatado por la historia. Y lo mismo con el famoso vestido Rosa del discurso de investidura del Rey.

En definitiva dos mujeres valientes en la que merece la pena ahondar y tengan por seguro que seguiremos haciéndolo. Pero por de pronto nos sirven para confirmar que la moda trasciende e manera decisiva como vehículo de espresión tanto política como personal a lo largo de la historia. Sólo hay que aprender a usarla.